miércoles 9 de noviembre de 2011

La historia te hará justicia, Presidente


Miente de forma más que evidente aquél que afirme que la Historia es una línea continua e invariable. La Historia, como todas esas llamadas ciencias sociales, no se atiene a datos y hechos objetivos, sino que de forma más bien humanística reinterpreta a través de las voces de la gente (y también de los voceros), la realidad de un momento histórico. La historia es de quien la cuenta.
Poco o nada tiene que ver, en muchos casos, la realidad de un personaje con el recuerdo que se guarda de él, para bien o para mal. Tendemos, como seres humanos que somos, a apreciar de sobremanera los aspectos positivos, mientras que los errores pueden llegar a diluirse de forma más o menos importante… eso, cuando no son esos mismos errores los que nos hacen acordarnos de alguien en particular –¿quién se acordaría de gente como Franz Von Papen, si no fuera porque afirmó que “los católicos alemanes apoyar[ían] con toda [su] alma y plena convicción a Adolf Hitler y su gobierno”?-.
Podríamos escribir listas interminables de gente que, en su vida profesional, fue criticada y humillada hasta aborrecer, mientras que el paso del tiempo permitió que fueran valoradas precisamente por aquello por lo que un día fueron sometidas a linchamiento público. No me extenderé con los ejemplos, pero van desde Galileo, obligado a retractarse de sus postulados en vida, y al que se pidió perdón con el paso de unos insignificantes 376 años, a grandes figuras de la política del siglo XX.

Cuando en el año 1979, en plena guerra fría y con el mundo bailando entre dos bloques, Jimmy Carter se negó a financiar el régimen dictatorial de Somoza, en Nicaragua, el país se le echó encima por permitir que se perdiera un aliado tradicional del los EEUU, que iba a ser reemplazado por un satélite de la URSS. Se percibió como una auténtica bajada de pantalones del presidente demócrata, un error elemental en su política exterior, mientras que él lo dejó claro en todo momento: es inconcebible alimentar una dictadura, por muy aliada que sea.
Contra él, en 1980, una exultante Reagan basó su programa electoral en el más simple y populista de los eslóganes: “america is back”. Nada más que eso le fue suficiente, al tiempo que posaba con sombreros de vaquero. Por supuesto: victoria aplastante. Más de ocho millones de votos de diferencia marcaron la victoria del republicano. ¿Su política? Recortar la sanidad pública, las ya limitadas prestaciones sociales, y destinar el dinero a lo realmente importante: financiar el terrorismo de estado. Así se organizó la Contra, que (al fin) derrocó a los malévolos Sandinistas, eliminando por fin un aliado más a la URSS. Y con la calderilla que le sobraba, decidió financiar más desarrollo armamentístico con el que hacer frente a la amenaza soviética, y sobre todo, puso a punto la SDI, o iniciativa de defensa estratégica, más conocida como Star Wars (ya se sabe, entre actores anda el juego), que sirvió para dejar KO a la URSS.




La decisión democrática de Jimmy Carter fue percibida como una traición y una cobardía, mientras que el patrioterismo barato de Reagan le permitió vapulear a su contrincante en las elecciones. En su momento, Carter era un cobarde y un traidor, y Reagan la esperanza del cambio… ¿no os suena a nada?
Ahora bien, a posteriori ¿a qué conclusión hemos llegado?: ¿es lícito que la política exterior se base en la financiación de dictadores? ¿No se supone que anteponer el bien común al particular es una actitud valorada y valiente? Decidan ustedes, pero solo les daré una pista: Carter recibió en 2002, 22 años después de dejar el gobierno, el Nobel de la Paz, por su apuesta por la resolución pacífica de los conflictos mundiales, la defensa de los derechos humanos y la democracia. ¿Y qué nos quedó de Reagan? La ruina provocada por su gobierno neoliberal.

Hoy, en esta España convulsa que no sabe donde va, ni como saldrá de una crisis que nos dio en la cara como un puñetazo desprevenido, nos pasa lo mismo. Cambiemos los sombreros de Reagan y su discurso patriótico, por las promesas de Rajoy. La gente se sentía engañada por Carter, y no supieron entender el por qué de sus decisiones. Confiaron en Reagan, como muchos españoles dicen confiar en Rajoy… ¿y que les consiguió el ex actor? La guerra de las galaxias.

Por mucho que creamos que nuestras opiniones de hoy son firmes, es necesario que pase el tiempo, se templen los ánimos, y sobre todo: es necesario que lo que se hizo hoy dé sus frutos, para que podamos juzgar realmente lo que el gobierno ha hecho este ultimo tiempo. Y tengo la firme convicción de que, al igual que le pasó Schroeder cuando reformó el sistema financiero y productivo alemán levantando críticas incesantes (cuando es precisamente eso lo que ha permitido en parte que Alemania gestione mejor la crisis), en el futuro nos daremos cuenta de la apuesta valiente y responsable de Zapatero.
“Señor Rodríguez… Rubalcaba, hay 5 millones de parados”, diría Rajoy ante lo que acabo de explicar, enfundándose su sombrero de chico cow-boy. Y sí, es dramático, pero los políticos responsables no son los que prometen tres millones y medio de empleos que, de antemano se saben imposibles de crear, sino aquellos que piensan en el futuro de un Estado, y hacen lo que sea necesario para mantener su sostenibilidad y su permanencia a largo plazo.
Por eso, porque al igual que Carter, pensó que los principios eran más importantes que animar a las masas con pan y circo, creo que la historia será justa con Zapatero.


Punto&Coma escucha... Intro - The XX

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Hitler era Socialista mal que nos pese...de hecho sus ideas surgían de la errónea interpretación de pensadores socialistas....y por supuesto no hay que meter a los católicos en el ajo...seria como decir que todos loa musulmanes son terroristas y todos los judíos asesinos

PuntoyComa dijo...

No entiendo tu referencia... Si hablas de la cita de Franz Von Papen, creo que la has malinterpretado. Lo que quería era poner un ejemplo de como alguien puede ser recordado únicamente por sus errores (en este caso, decir semejante animalada).